RED EXPERIENCIAS FEB

El valor de la última decisión

01/12/2011


Juan Antonio Corbalán, en su columna de Marca, homenajea a Juan Carlos Nvarro y profundiza sobre cómo afrontar los últimos años en la carrera de un gran jugador.


La vida, impasible, sigue su curso. La NBA, sus propietarios y sus jugadores, parece que han ido a Harvard y han aprendido a cambiar las posiciones, irreconciliables al principio, por los intereses de cada una de las partes. La condición necesaria y suficiente era jugar. Haciéndolo habría futuras opciones para todos, sin ello nadie tenía alternativas.

Aquí, ahora, el efecto mariposa nos obliga a despedirnos, casi antes de conocernos, de ese grupo de elegidos que quisieron pasar dos meses en el imaginario Benidorm de nuestro baloncesto. Aunque bien mirado, se podrían haber colocado las primeras piedras para demostrar que hay vida más allá de la NBA. Cuando las piernas pesen o, simplemente, queramos morir cerca de casa. La Liga Endesa, una vez conocida, bien podría ser un bonito lugar para disfrutar de los últimos años de grandes jugadores.

Y es que elegir bien cómo vivir esos años y cuándo poner fin a los mismos, se convierte en la guinda de la vida deportiva de cualquier jugador. Yo lo intenté, y me gustaron aquellos que fueron dueños de esos momentos. Aquellos que no dejaron que nadie los retirara, aquellos que eligieron cuando tirar su último tiro o dar su último salto. Algunos se retiraban si no los fichaba nadie, o dejaban la selección nacional, cada año, cuando no eran seleccionados.

La vida deportiva es un trocito muy corto, pero muy bonito de la vida, y al final de ella hay una larga reválida profesional y humana. Fijar de antemano ese final del bachillerato deportivo suele corresponderse con tener un proyecto de futuro, algo que todo jugador debe construir mientras puede vivir ese efímero éxito. Al fondo de estas reflexiones está la que parece la última etapa de Navarro. Me alegra que un grande hable de su retirada a lo grande.

Hace poco un optimista como Nardo Lombao me decía que la vida tiene tres fases de 35 años, que es lo que piensa vivir él, qué pereza. Navarro ha decidido que su retirada coincida con el final de su primera etapa y, si las lesiones no dicen otra cosa, será un jugador que no se arrastrará por un campo, que nunca verá los partidos desde un banquillo, un sitio que nunca fue su casa, en el que algunos rentabilizaron su carrera.

La retirada es el último momento de la dignidad de un jugador. Un momento que, generalmente, pertenece a un tercero, pero los grandes, a mi entender, deben apoderarse de él para vivirlo en intimad, solos, allí donde no podemos engañar a nadie ni ser engañados por nadie, cuando lo que decimos nos lo decimos exclusivamente a nosotros.

Un nuevo triple o una bomba adornará la estadística vital de un jugador genial que todos los españoles recordaremos como “uno de los nuestros” fuéramos de donde fuéramos. Este final cinematográfico también lo merece una bonita historia como la suya, llena, hasta ahora, de normalidad y coherencia a pesar del lujo de ser Navarro.

Pero que no se relajen sus adversarios, aún les quedan unos cuantos años de tener que sufrirle enfrente, todavía podemos disfrutar con él.

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