RED EXPERIENCIAS FEB

Mil partidos en una final

24/02/2014


El baloncesto es capaz de ofrecer un sinfín de sensaciones dentro de un mismo partido fusionando estados de ánimos antes, durante y después del mismo. Pocos deportes son capaces de provocar tantos contrastes en tan poco tiempo.


MIGUEL PANADÉS

Que más da un 10-0 inicial si el equipo que lo recibe es capaz de mantener la serenidad, en la pista y en el banquillo, consciente de que, una vez pasado ese primer “tornado”, el juego volverá a la normalidad y con él, el marcador. Un impacto que en los primeros minutos puede provocar euforias o decepciones prematuras, seguro, precipitadas. El partido sigue, se nivela y establece un intenso pulso entre las defensas y los ataques, entre el talento y músculo, entre la inspiración individual o las consignas colectivas. Es una final y como tal en juego andan otros factores que no aparecen en el scouting y que ni siquiera pueden tenerse previstos por engañosos precedentes.

Hay un partido en la mente de cada entrenador, y de sus ayudantes y de cada una de las jugadoras que se esfuerza por focalizar todas las atenciones hacia lo único realmente importante que es todo aquello que sucede dentro de las líneas de la pista. Un partido en cada una de las jugadoras que esperan en el banquillo la consigna de su entrenador para entrar e incorporarse de inmediato, sin tiempo para la adaptación, a la intensidad de un duelo de ida y vuelta donde cada acierto o cada error pasan inmediatamente al pasado cediendo protagonismo absoluto a la acción inmediata.

Un luminoso igualado que lleva a los protagonistas al descanso con sensaciones ambiguas, porque unas salen reforzadas por ese equilibrio objetivo y porque en el otro bando quizás surgen esas dudas sobre la capacidad para hacer realidad lo que la mayoría da por hecho. Rivas juega contra un enemigo más potente y Perfumerías contra el peso de sentirse favorito. Y en realidad, cuando las diferencias no son tantas, y en el caso de ambos equipos, no lo son, las finales y con ellas los diferentes estados de ánimo nivelan las fuerzas hasta lo impensable.

Dicen que la charla más importante de los entrenadores se produce en el descanso de los partidos. Es cuando las jugadoras andan más atentas porque vienen ya enchufadas por lo que acaba de suceder y motivadas para lo que se avecina. La atención es máxima y cualquier error en el discurso, en forma o fondo, puede convertirse en un pecado demasiado grave. Ni Lapeña ni Hernández, conocedores tanto de táctica como de la psicología, cometieron el error de sumar todavía más presión a unas jugadoras convencidas por una parte que los pronósticos están para romperlos y por otra que ese objetivo obligado que es sumar títulos se haría realidad.

Calidad y carácter, fuerza física y mental para intercambiar habilidades en una segunda parte fabulosa en cuanto a determinación, en cuanto a capacidad para gestionar los ritmos. Y más partidos en uno porque del equilibrio se pasa a una ventaja de nuevamente diez puntos, ahora ya en el último cuarto, cuando sólo los que están acostumbrados a vivir este tipo de partidos saben a ciencia cierta que ni el que va por delante lo tiene ganado ni el que va por detrás, perdido. Es ahí, en esos minutos finales donde se juega otro partido emocional que declara otro pulso entre el que aventaja y el aventajado. Tantas veces es el propio baloncesto el que nivela el marcador y mucho más en finales, en partidos infinitos donde cada posesión hace cambiar el rostro a los aficionados y en donde el optimismo y el pesimismo se entremezclan enloqueciendo a todos y a todas menos a los realmente buenos, los entrenadores y las jugadoras.

Y como una final es especial y como cuando se enfrentan dos equipos con la calidad y el carácter de los dos protagonistas de Torrejón nadie, absolutamente nadie da su brazo, ni su mente, a torcer, hay que ir a un tiempo suplementario para dirimir al campeón. Y ahí entra otro partido brutal, apasionante, inolvidable porque entonces, menos que nunca, ya no existen más diferencias, porque ahí no hay favoritos, porque doscientas gargantas son capaces de hacer el mismo ruido que dos mil, porque las tácticas han cedido todo el protagonismo al talento de las jugadoras.

Y en ese escenario que sólo son capaces de describirlo quienes lo han vivido de pronto surgen detalles, errores, matices que deciden un destino imprevisible. Como la pelota de tenis que toca a la red y queda suspendida en el aire sin que nadie sepa cual es la ciencia que la hará pasar al otro lado de la pista o se quedará en la propia. Un balón dividido, una pasión por recuperarlo, una mano demasiado apresurada, una decisión en décimas de segundo que se convierte en definitiva. El baloncesto está repleto de pequeños y decisivos gestos que deciden partidos. La mayoría son controlables pero hay algunos que lo son menos.

Dos tiros libres que nadie dudaba que entrarían y un tiempo muerto para una épica final. Cuando todo parecía haber acabado quedaba otro partido de dos segundos, de esos que también hay que jugarlos con convicción por una parte, con responsabilidad por la otra. Y tras la batalla, la euforia y la rabia, el mundo de los gestos, las miradas perdidas, la generosidad de ver feliz a la compañera, la satisfacción por seguir sumando títulos o por ganar el primero y también el desafío público para volver a verse las caras en un futuro que sin duda convertirá estos dos equipos en nuevamente protagonistas de un baloncesto femenino español extraordinario. En Torrejón hubo una grandísima final que proclamó a un campeón pero en la que no hubo perdedor. Felicidades y gracias. Felicidades por el enorme espectáculo ofrecido y gracias por seguir contribuyendo a que cada vez seamos más los que coincidamos en afirmar que el baloncesto es un deporte incomparable porque es capaz de jugar mil partidos en uno.

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