TÁCTICA

Ese cuento del baloncesto-control

Soller se llevó la victoria del Cerro del Telégrafo (Foto: Rivas Ecópolis)

23/01/2012


Vicente Salaner publica en su sección de hoy en El Mundo este interesante documento sobre la escasa vivacidad del juego que se ha venido desrrollando en los últimos tiempos.


Vicente Salaner. El Mundo

Los días 13 y 15 de abril de 1993, hace ya casi 20 años, un pequeño club europeo, el SCP Limoges, lograba el mayor éxito de su historia al ganar la Euroliga venciendo sucesivamente en la Final Four al RealMadrid, al que dejó en 52 puntos, y al Benetton de Treviso, que se quedó en 55. Con una plantilla muy inferior a la de sus rivales pero con una férrea disciplina y una defensa casi sobrehumana, el serbio Boza Maljkovic orquestó desde el banquillo ese triunfo inesperado. Esos días el baloncesto-control, el juego lento para limitar posesiones e impedir al rival escapadas en el marcador ganó su carta de nobleza en Europa.

Lo que nadie dice es que esos días, el baloncesto europeo de clubes inició su descenso a la sima del tedio, de la incapacidad de atraer al público general, al que no siente unos colores y va a un pabellón cada domingo. El éxito de Maljkovic y los que luego lograron entrenadores menos estereotipados –Obradovic, Messina– pero generalmente inclinados al juego lento fue destiñendo sobre el conjunto de los equipos, y acabamos en situaciones como la de la ACB esta temporada, cuando anotar 70 puntos es una hombrada. En la NBA empezaron un decenio antes, con los Bad Boys de Detroit, y todavía no han salido del todo del agujero.

Toda esa decadencia macabra carece de sentido. El juego a posesiones larguísimas, renunciando al contraataque y hasta las transiciones con trailer, fue de siempre un arma para los equipos más débiles, porque es su única forma de igualar algo las cosas contra los más poderosos y darse una oportunidad en un final apretado: que se lo pregunten al maestro Pete Carril, el leonés de Princeton. Pero para los equipos poderosos, en cuya plantilla hay talento técnico, tiro, talento atlético y velocidad, ponerse a practicar ese gilijuego es un sinsentido. Y, sin embargo, lo han hecho en Europa.

Messina, jugando así en Madrid, demostró –con razón o sin ella– que no creía tener un equipo de élite, papaz de imponerse con defensa dura y ataque rápido. Xavi Pascual, frenando cada vezmás en 2010-11 el juego del Barça tras los éxitos de 2009-10, dio la impresión, no tanto de no creer en las virtudes de su propia plantilla, sino de sentirse más cómodo con el juego al paso. Pero así infrautilizó el potencial de un backcourt fulgurante como el Rubio-Navarro, y acabó fracasando en Europa. Los fichajes de esta temporada refuerzan esa tendencia al juego estático, y vemos cómo el equipo se encasquilla más a menudo. Ayer, con una pizca más de clase, el CAI habría vuelto a derrotarle...

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